
El sueño profundo llegó a mí sin percatarme. Lo que era simplemente reposar el cuerpo, se convirtió en fatiga hacia la inconsciencia. Entre sueños me vi como antes de enfermarme, y desperté en mi cuerpo actual, un poco más descansada, pero con los pendientes que la anterior noche habían quedado en suspención. Tendiendo la ropa lavada, y limpiando el patio junto con los perros, antes del amanecer un enjambre de chicatanas oscilaban frente a la iluminación de la calle. Caían como ebrias, lloviznaban, mientras que yo intentaba limpiar el patio. El zumbido hipnótico, me tuvo viéndolas hasta que los primeros instantes del amacener, y en su finita belleza, poco a poco fueran desapareciendo. Al verlas moribundas, desplomadas sobre su lomo como cacahuates con alas, me preocupaba que los perros las confundieran con croquetas. Pensando que la gente del Istmo las come en tacos, pensé que no era para tanto, y me resigné a regresar a la rutina habitual: encerrarme en una fábrica, mientras que furtiva, escribo acerca de lo que vi en la mañana, esa maravillosa danza de las chicatanas.
